Mi viejo reloj de péndulo

Actualizado: 21 mar 2022
¡Único sonido entre tanta inmensidad!
Doce campanadas, anunciaban la media noche de otro jornal. El péndulo en su juego diario jamás había cesado un solo día desde hacía más de 63 años, 7 meses, 10 días, 20 horas, 37 minutos y 43 segundos.
Adquirido en una subasta, el día que sus dos hijos mayores tomaban la primera comunión. De roble oscuro, y una puerta frontal con vidrio biselado, dejaba entrever el mecanismo que le daba vida.
Además de su motor para funcionar, necesitaba la cuerda que José le daba cada semana. Ocho giros a la derecha para el cerrojo de las horas y seis en el mismo sentido para los minutos. Con eso bastaba para trabajar incansablemente el tiempo justo para otra vuelta de cuerda.
¡Si ese reloj hablara!... seguramente relataría cada evento vivido y del cual muchas veces fuera testigo. En navidad y fin de año… ¡treees…! ¡dooos…!, ¡unooo…! y al compás de su sonido el mundo entero festejaba, se saludaban, las copas brindaban y entre abrazos… lloraban.
¡Qué sensación rara le quedaba!
Después de ese día, todo volvía a la normalidad. Como si no existieran sus campanadas, ni el imperceptible andar de su entramado mecanismo.
En los únicos momentos que se lo percibía, era cuando la noche caía en un silencio tal que cualquier evento externo aumentaba de magnitud, en esa soledad.
Cierto día, algo inexplicable sucedió. Corrían las dos primeras semanas de la primavera y el péndulo se detuvo en cámara lenta y jamás volvió a moverse.
La casa fue llenándose de gente; tanta que parecía iba a estallar. Chicos, grandes y no tanto, algunos ancianos. Lo raro era que José no aparecía por ningún rincón. Escuchó que una señora lo nombraba, pero el tono con el que se refería… ¡ese sollozo! … ¡esa congoja!, y esa angustia que le nacía, no advenía nada bueno.
Comprendió que José Rivarola –su protector– le había llegado la hora, el momento exacto en que debían decir adiós –sin un hasta luego– y eso daba por cumplida su tarea en ese hogar. Llevaba tantos años anunciando el paso de los días y las horas, que no se había percatado lo importante que había sido para él.
La noche transcurrió lenta. Los rostros cambiaban, las charlas lo recordaban y él tímidamente necesitaba hacerle saber que allí estaba… pero el alba llego pronto, como si el tiempo que el marcaba se hubiera acelerado sin su consentimiento. Todo se llamó a silencio y las paredes de la casa destilaban tristeza, proveniente de su familia y amigos. Sabía que no volvería a ver, a quien con sus pesadas manos, giraba las manecillas y le daba vida a su entramado corazón. En señal de respeto bajo ambas agujas que unieron sus manos en el número seis, como último saludo mostrando todo su amor.
A pesar que los años siguieron pasando, a ese viejo reloj de péndulo, nadie pudo hacerlo funcionar nuevamente. En su experiencia como hacedor de las horas comprendió que su caminar, su tic-tac, sus campanadas habían cesado el mismo instante que José dejó este mundo. Eso lo había dejado sin aliento para darle impulso a sus engranajes.
Hoy está de adorno en una relojería, esperando alguien que vuelva a cuidarlo como su único dueño lo hizo. Solo así volverá a trabajar como antes.
La luz se apagó, la campanilla de la puerta resonó en la relojería de los hermanos Kasser y Meyer, lugar donde José lo había adoptado allá lejos y hace tiempo. Alguien cerró la puerta y la soledad que sentía en su pecho lo acompaño como aquella noche… a mi viejo reloj de péndulo.
@Bastian.Sebill
Adrogué, Buenos Aires, Argentina.
Lunes 5 de octubre de 2019.
15:42
Comentarios