Primer capitulo novela (Oculto en mi sombra)

Actualizado: 22 mar 2022
Dos de Septiembre, corre el año 1945, segunda guerra mundial. Afuera es silencio. Son las 6:15 de la madrugada. Amanece por primera vez en el living de un hotel abandonado. Rayos de sol dibujan el marco de madera de la ventana en el piso. El calor despierta la calma exterior, hay humo por doquier. Parece que el ánimo de la calle bate las cortinas, descubriendo las aceras atestadas de escombros, fogatas dispersas y marquesinas en un deterioro total.
El polvo, las balas y las explosiones parecen haberse mudado de contienda. Hay un manto de neblina producto de explosiones pasadas y la humedad las abraza, como queriendo retenerlas en el tiempo. Llueve desde hace tanto, que se dificulta saber si hubo sol en algún momento. Todo está anegado. Las calles son un gran fango líquido, duro al caminar. La visibilidad es débil y diviso algo cuando lo tengo cerca; sino es imposible. Me asusta tanta quietud. Desde mi posición no logro escuchar nada. Parece que todo terminó ¿Será el fin? Llevo tanto tiempo escondido que perdí la cuenta, y es increíble creer que hoy pueda salir del lugar que me dio asilo, en este tramo final de la guerra.
Solo veo destrucción y muerte, la ciudad que vi crecer, carece de simpatía. Llora por los rincones de una panadería, un almacén, el bar de “Lamar” de la esquina sur, y el correo; lugares que reconozco por su ubicación, pues han quedado como una foto vieja, ajada y amarronada. El tiempo, el clima y los constantes bombardeos han tapado de polvo lo que una vez fue una bella urbe; pura ruinas, vacío y desolación.
La radio anticipó la caída de la guerra semanas atrás; hoy puedo comprobarlo. Desciendo las escaleras del tercer piso que abrigaron mi miedo, mi angustia y alimentaron mi deseo de vivir en un mundo nuevo, sin guerras, sin ese olor nauseabundo que tiene la muerte, como manga de langostas, cuando arrasa con la vida como la conocíamos hace 6 años atrás.
Los peldaños de madera vieja crujen, y cada tanto tengo que saltar al vacío, donde una bomba dejo su marca, haciendo un pozo en la escalera de roble. Después de sortear varios obstáculos, camino sobre suelo seguro. El hall principal del hotel muestra que una vez fue testigo de los grandes lujos de su época.
Al pasar, golpeo con mi mano izquierda la campanilla que usaban para llamar al Concierge, y su sonido resuena como eco de palabras que no dijimos en el pasado.
Mi sombra va dejando en el piso mis huellas; prueba de acumulación de años de polvo.
Un sol de cobre brilla por los biseles de la puerta de entrada, reflejando un arcoíris de espejos en la recepción y hasta el comedor principal.
Salí con mi abrigo negro, recuperado una noche en busca de provisiones. Lo robé de un cuerpo inerte cuyas piernas sobresalían por una ventana.
Él no lo iba a necesitar más, y para mí, era un bien preciado que no podía dejar. Al quitárselo, lo acomode en el suelo, lo tape con su ropa y en el silencio de la noche, por unos minutos rece por esa alma olvidada por Dios.
La plaza quedo destruida, la iglesia parece una antigua ruina. Sus torres no existen, quedaron desparramadas entre los escombros. La campana esta sobre la copa de lo que una vez fue un abedul, en el centro de la plaza.
Las ventanas permanecían oscuras, llorando la lluvia y el horror que deja una guerra.
Mientras caminaba por las calles; como semilla que brota, comenzaron a salir mujeres, niños, ancianos, y jóvenes de casas, bares, bancos, alcantarillas y todo lugar que sirviera de escondite. El miedo a ser descubierto había inundado nuestras almas. Dormíamos con miedo a morir y nos despertábamos con miedo a vivir. Nadie era confiable, amistoso, pues la premisa era salvarse a costa de todo.
Buscaba alguien conocido entre aquellas personas desorientadas que caminaban sin rumbo. El hecho de ver la luz del sol calentando la cuidad y sus rayos aliviando la oscuridad del mundo, era un regalo que no podía desaprovechar. Había quien abría sus manos y dirigía su mirada al cielo agradeciendo un nuevo día, estar vivo y desear que nada de esto vuelva a suceder.
Estaban los que se reencontraban entre abrazos de alivio, y llanto de consuelo. Una madre, su hijita y su esposo, arrodillados besaban el suelo. Nunca pensaron que este día llegaría.
Todo lo inimaginable estaba sucediendo.
De repente una sirena de la nada anunciaba el horror, e instintivamente buscamos donde repararnos. Acostumbrados a ese sonido, en un segundo toda señal de vida de las calles se había esfumado.
De pronto me di cuenta que no era el mismo sonido que avisaba un bombardeo. Esa sirena anunciaba el inicio de una vida, donde muchas habían perecido. Escuchar un escuadrón acercarse ponía los pelos de punta, los nervios por las nubes, y ningún lugar era seguro si una bomba te tocaba.
Después de casi seis años de contienda había olvidado el rostro de mis más cercanos, y el mío no me animaba a palparlo por miedo a encontrarme con otro que no fuera yo.
Cuanto más me movía, más me sorprendía. Un anciano con piloto y sombrero se me acerco, toco mi hombro izquierdo y con emoción en su voz me dijo.
— ¡La guerra por fin termino hijo mío! ¡Somos libres otra vez!
No pude pronunciar palabra. Su gesto me dejo mudo de asombro. Camine hasta las afueras, subí una colina y pude apreciar que no era el único que necesita ver como se veía desde lo alto nuestra querida ciudad.
Comprendí que nada de lo que pudiera decir, explicaría el espectáculo que frente a mis ojos se cernía. Caí en la cuenta que todo había terminado. Nuestras vidas jamás tendrán el mismo color después de esta guerra. Llevaremos ese sello hasta la muerte.
A veces, no sé qué es peor. Vivir, sobrevivir y quedar solo en el mundo, o morir y no sufrir la pérdida total.
Descubrí desde la cima, lo vulnerable y expuestos que estamos en estas situaciones tan extremas.
¡Que pequeño es el mundo!
¡Qué grande la ambición de algunos, eligiendo la muerte como medio para llegar a ella!
Hoy doy gracias de estar vivo.
Con una mezcla de felicidad y angustia caigo sobre el pasto que cubría mis pies y por primera vez, beso mi tierra. Una extraña sensación recorre mi cuerpo, mostrándome imágenes de los años perdidos en noches de insomnio, comidas a oscuras, rezos en silencio, camuflarme como un animal y lo que es peor, comer cosas que en vida creí que fuera capaz.
Rehíce mis pasos, serpenteando la arquitectura, y como un eco en una calle silenciosa imaginé mi lugar el día antes de comenzar la guerra.
Pasos alejándose entrando a una panadería, la campanilla del bar que sonaba con el golpe de la puerta; risas, miradas cruzadas, charlas perdidas, autos que iban y venían, puertas que se cerraban y abrían.
De pronto me vi a mi mismo volviendo del trabajo. Vestía un impecable traje gris. En la mano derecha un maletín se balanceaba como un niño en los juegos del parque. Pase delante mío y me perdí en un callejón empedrado; lugar de mi antigua residencia. Tuve que cerrar los ojos y sacudir la cabeza para sentir que esa realidad que estaba viviendo era pasada.
En cuanto los abrí me sentí despojado de todo lo poco que me quedaba, una libreta vieja con garabatos de mis historias, lo puesto y algunos utensilios de cocina fueron mi compañía.
Pasada la media tarde, comenzó a llover a cantaros. De las calles emanaba un vapor del polvo y el agua comenzó a limpiar las fachadas de las casas y los rostros de las personas que estaban grises deambulando una nueva era; sin violencia.
Se escuchó una voz de mujer, que dijo.
— ¿Y ahora como sigue todo esto?
¿De qué vamos a vivir? ¿Quién nos va a devolver la vida?
¿Cómo se hace para empezar, cuando perdimos todo?
¡Cuánta razón! ¡Teníamos que comenzar de cero, como si volviéramos a nacer a un nuevo mundo!
Alguien grito mi nombre a lo lejos, mi corazón salto de la emoción de hallar alguien conocido. Sentí el suelo temblar a mis pies. Al girar sobre mis pasos mi nieta de 7 años corriendo se me colgó del cuello y me dio un gran beso.
— ¡Abuelo, abuelo! ¿Qué estás haciendo con esa agenda?
— Nada mijita. Leyendo una novela de terror.
— ¿Cómo decís?
— Nada, nada, olvídalo. Solo recordando… lo feliz que me hace tener a mi familia cerca y ver por la ventana un nuevo amanecer.
— ¡Mamá está llamando a comer!
— Dile que ya voy.
— Bueno…
Su voz se perdió en el corredor.
Todavía resuenan en mi cabeza los golpes secos como disparos dejándome por un instante sin sentido, sin reacción y en un estado de ausencia total. Pasaran muchos años, o tal vez nunca me acostumbre a esos ruidos en mi cabeza.
Mientras cerraba mi historia, acomodé los anteojos sobre mi nariz y con mi sombra desparecimos tras el comedor en los brazos de mi familia, una gran cena… y mis ojos guardaron ese momento por toda la eternidad.
Marcus Teller, 2 de septiembre de 1945, día 2191 de la guerra.
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