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Capítulo final novela (Oculto en mi sombra)

Foto del escritor: Bastian Sebill
Bastian Sebill
17 ago 2020
9 min de lectura

Varsovia 1939.

Universidad tecnológica de Varsovia.

Primero de Septiembre, 7:29 de la mañana.

Cursaba con el profesor Stein mi materia favorita, y mientras explicaba, comenzamos a escuchar explosiones lejanas, que sonaban como fuegos de artificio.

El primer estallido espanto las copas de los árboles, pelados como gallinas. Se sintió cerca; estruendosamente aterrador.

Tembló el piso del aula de la segunda planta. Todos nos miramos sorprendidos y nos sujetamos al banco de estudio. Siguieron dos más fuertes que la anterior y su fuerza crecía como una ola gigante que se traga todo.

La tercera, repercutió en el aula haciendo temblar los cimientos. Por sobre nuestras cabezas, el techo se desprendía a migajas y como proyectiles caían sobre nosotros. Las arañas que colgaban se balanceaban como columpios imparables que buscaban donde estallarse.

Hubo un momento de silencio desgarrador, que helaba la piel y se escurría en la respiración de los presentes. Sin entender cómo ni cuándo, vino lo peor. Una más cayó sobre el ala norte del edificio abriendo un boquete de enormes magnitudes.

Los vidrios estallaron hacia adentro clavándose en los cuerpos, como lanza de cazador que encuentra su presa.

Gritos, llantos, lamentos, polvo y una nube de desorden general, hacían más incomprensible la realidad que se estaba viviendo esa mañana.

Sentí frio sobre la nuca. Al pasar mi mano descubrí que estaba herido. Mis dedos cubiertos de sangre. La muerte había pasado cerca de mi sombra y ni llego a tocarme; en cambio muchos compañeros yacían en el piso, amontonados como escombros o diseminados por la sala toda, sin saber dónde habían quedado sus extremidades.

El Sr. Marcus Stein había sido alcanzado al azar, por las ametralladoras de los aviones que dibujaron una sonrisa de muerte en su pecho.

La confusión era tan grande, que muchos bajábamos mientras otros subían. Luego comprendí, que refugiarnos era lo que buscábamos; pocos lugares nos daban esa certeza.

Llegue a planta baja. El horror y la locura se daban la mano. No existía la puerta de acceso. Para mi asombro, tampoco había techo. Como hormigas ante la inundación, corrimos a la calle y al levantar la mirada, una bandada de pájaros de acero cubría el cielo de Polonia.

Aviones caza de la fuerza aérea surcaban por el oeste, oscureciendo la claridad matinal.

El jefe de estado alemán, no había cumplido su palabra en el Pacto de Münich y sorpresivamente atacó Varsovia.

Corrí hasta casa escurriéndome entre la desesperación, el humo y ecos de lamentos que se mezclaban en las calles de una ciudad perdida por el asombro.

Me perdí tres veces en un laberinto desbastado de paredes, árboles y caminos.

El caos se estaba adueñando de nuestras vidas, pertenencias y nos iba a quitar la libertad de vivir, caminar… y de existir.

Escombros, incendio en un quinto piso, gritos desorientados escondían lamentos y lágrimas de una niña de mirada encendida, se escurrían en la alcantarilla al otro lado de la acera.

Todo fue demasiado rápido. El ruido, el destello, las explosiones. Nos dio tiempo a la desesperación. Las sirenas jamás sonaron. Como en Pompeya; la cuidad petrificada, así nos quedamos ante el estupor de un ataque sorpresa.

A pesar del miedo, seguí corriendo. Cruce el parque estatal Ogród Saski, la avenida Marszalkowska y al doblar la esquina de mi casa mi corazón se paralizo. Un grupo de mujeres y niños fue interceptado por una bomba perdida. Después de la explosión, mis oídos estaban ciegos y un murmullo negro caminaba entre los cuerpos desparramados.

Me incorpore como pude y volviendo en sí, rápidamente subí por la escalera y al llegar al pasillo, mi madre Margisia Felam, mi padre Aleksy Teller y mis dos hermanas Katine y Pola Teller cargaban valijas y algunas cosas que pudieran servir.

— ¡Que alegría verte! —me abrazo mi madre—.

— Estábamos asustados, pensando que te….

— Calla madre. Estoy vivo, y con un solo rasguño en la nuca.

— A ver… ¡Déjame verte!

— ¡No es nada!

— ¡Pola!, trae el botiquín y cura a tu hermano, por favor.

— ¿Cómo está afuera? —pregunto mi hermana— mientras limpiaba mi herida.

— No hay afuera. Gran parte del centro de la ciudad ha sido destruida. Gente muerta por todos lados, humo… es un real caos. Lo peor… aún no ha llegado.

— ¿Por qué empacan? ¿A dónde van?

— Nos vamos hijo. La ciudad estará sitiada por alemanes en pocas horas y no querrás toparte con ellos —respondió su madre—.

— ¿Qué van a hacer? ¿A dónde van a ir?

— No lo sabemos. Por la radio están diciendo que Gran Bretaña y Francia quieren declararle la guerra a Alemania.

— Creo que es una mala idea dejar la casa con todo y buscar otro hogar. Estamos en guerra y ningún lugar es seguro. Si debemos morir que sea aquí. —afirme—.

Mis hermanas que hasta ese momento no habían pronunciado palabra, se echaron a llorar ante el desconcierto y arrojando sus objetos personales al piso entraron nuevamente a la casa, en dirección al comedor. Atrás siguió mi madre.

— Es una mala idea —replico mi padre—. En cuanto esto se arregle, tú y yo hablaremos a solas.

Era mala idea, la mía. No la propuesta. Ir contra los deseos mi padre.

Como buena familia, seguíamos las directivas de él.

Entre griteríos y llantos, mi madre golpeo su zapato en la mesa que todos rodeábamos y el silencio que precedió, cortaba la brisa que entraba por la ventana rota.

— ¡Vamos a quedarnos a pasar la noche y hasta que no suceda nada que nos impida escapar seguiremos bajo este techo!

— Pero…

— ¡Nada de peros le objeto a mi padre! ¡Esta fuera de discusión! —grito—.

En los años que llevaban de casados, mi madre jamás le había levantado la voz a mi padre. Ni se atrevía siquiera. Su respeto hoy se había perdido. Angustia y desesperación había en su rostro.

— ¡Perdóname Alesky! Solo…

— Está bien Margisia. Todo va a estar bien amor mío.

La abrazó conteniendo su rabia y dolor, al sentir la imposibilidad de ver con claridad cuál sería el siguiente paso a dar. Él que podía contra cualquier situación, se vio abatido por miedo a una muerte inesperada y no buscada.

Ella, tenía el poder de calmar a la familia con sus palabras, su mirada y sus manos tersas. Su vida éramos nosotros; sus brazos nuestro refugio.

Dejaba todo cada día haciendo lo mejor. Mis hermanas ayudaban en la casa, esperando que algún galante las desposara y pudieran formar una nueva vida.

De mañana estudiaba ingeniería en la Universidad de Varsovia; por la tarde trabajaba en la relojería de la familia, con mi padre, aunque mis ambiciones iban más allá de cambiar un péndulo, una rueda de escape o una manecilla.

Soñaba con construir puentes, unir islas, pueblos perdidos, ciudades. Era muy joven para entender al mundo. Sueño con levantar lo que esta guerra aniquila... algún día llegará, de eso estoy seguro.

El día se hizo largo… tenso, sucio. Debíamos pensar con claridad, que cosas llevar en caso de tener que ocultarnos. Cenamos a la luz de la vela, para no alertar al enemigo, y el humor no falto para aliviar las penas.

Como un relámpago, los días que siguieron, eran de calles mudas. Por el cielo, surcaban aviones de combate solitarios, muy de tanto en tanto.

El sol había salido y no aparecía por las rendijas de las puertas, ni las ventanas abiertas, que destilaban miedo volviéndonos topos a pleno día. Al compás de las botas alemanas, que salían a cazar, los gritos de un general a la señal de… ¡fuego!

Solo salíamos al caer la tarde en busca de provisiones, cuando el acerado ocre cubría nuestros hombros con un leve tinte de calor. Era el mejor horario para no ser vistos.

Nos separábamos en grupos. Mis hermanas y yo por un lado; mis padres por otro. Otras eran al revés. Una manera de saber dónde buscarnos, si no volvíamos. Surcábamos las calles que estaban prácticamente desiertas. Entrabamos a edificios, casas, comercios que habían quedado en pie por accidente.

Encontramos que no éramos los únicos en saquear lo ajeno. A veces llegamos a pelear por un pan, una botella de leche o conservas enlatadas.

Esta guerra a pesar de no tener sentido, hace que perdamos el sentido entre nosotros mismos y la vida en una pelea callejera por comida. A menudo me he tenido que comer mis palabras y casi muero de hambre.

La peor desesperación era cuando alguno de los dos grupos no llegaba a casa a la hora convenida. Dejábamos tres cuartos de hora de espera, y si no había noticias, angustiados salíamos a la búsqueda.

Estamos cerca del comienzo del invierno en Polonia. El frio parece notarse en las bocanadas de aliento que salen de las alcantarillas, como vapor de una locomotora. Dejamos nuestra casa natal buscando más seguridad.

El destino baraja las cartas, nosotros jugamos a la vida y ella cada tanto se lleva algunas muertes en compensación. Mi padre está mal del hígado, por mala alimentación. Mi madre avejento años repentinamente. Su rostro marcado por el hambre, secó sus mejillas y se parece más a la abuela en sus últimos días. Mis hermanas y yo sobrevivimos aun, por la gracia del destino, en buena salud. Tengo miedo de perderlos a todos y de perderme yo mismo, sin saber en qué realidad vivo.

A estas alturas, cuando el apetito busca con que saciarse, hay que caminar más lejos que antes, donde el sobreviviente no llego. Siempre pienso que mañana será mejor, y ese hoy nunca llega.

Conseguimos al Dr. Freman, al otro lado de la ciudad, que se atrevió a revisarnos a todos, pero más a mi padre que tiene el semblante abatido.

— Si no toma este remedio por una semana, será demasiado tarde. Esto bajara la inflamación, pero más que nada deberá comer mejor.

— Gracias doctor por haber venido. Le estamos muy agradecidos. Seguiremos sus consejos. –respondió mi madre—.

Con suerte y buenos cuidados pudo recuperarse. Eso nos sirvió para ubicarnos en un apartamento al sud oeste del rio Vístula, en el barrio de Pruszków, una zona deshabitada en las afueras de Varsovia.

Llevamos más de dos meses deambulando, debido al ejército alemán, que está buscando una excusa para matar por diversión. Ayer me sorprendí. La muerte camino a mi lado con uniforme gris verdoso. Lo que voy a relatar, excede cualquier humanidad.

Caminaba por la calle Zagloby, rumbo incierto. No hago el mismo camino dos veces. Zigzagueaba de izquierda a derecha o a la inversa. Una manera de no exponerme a cualquier peligro. El aire silbaba bajo mis pies, que helados por la baja temperatura estaban fríos del dolor. Estaba solo. Se me dificultaba la respiración. Al asomarme por la esquina de Sitaczki y Faraona, escuché el llanto de un bebe. La voz provenía de un sótano en un almacén en ruinas. Entré siguiendo el lamento, baje lentamente las escaleras que llevaban al depósito y los encontré arrodillados en el piso. El bebé no lloraba más. Estaba como dormido.

— ¡Máteme! —suplicaba ella— En sus brazos sostenía a su hijo, mientras un soldado le apuntaba con su arma a la cabeza.

— ¡Máteme! ¡Máteme! —sollozaba— y mostrando que el niño estaba muerto, el disparo la arrojo de espalda al piso. Ambos cuerpos quedaron mirándose frente a frente, despidiéndose de esta guerra sin precedente.

Ella no había querido matar a su hijo. Solamente le había tapado con su mano la boca para que ninguna patrulla los encontrase. Todos sabemos lo fuerte que un llanto puede ser. Tanto apretó su mano, que termino asfixiándolo sin querer.

Lentamente retrocedí mis pasos, un aire frio recorrió todo mi cuerpo, como si el disparo hubiese dado certeramente en mi corazón. Escondí mi sombra tras una bolsa de granos y escuche los pasos del mortal destino acercarse a la puerta y perderse en retirada, dejando su rastro gélido en las calles de nieve. Mientras desaparecía en la oscuridad, se puso el abrigo gris. La brasa recién encendida del cigarrillo iluminaba la noche, delatando su ubicación y el humo azul dibujaba una sonrisa en el aire, que él no pudo disimular.

Sin pensar en lo que iba a hacer, y aprovechando que era una pelea cuerpo a cuerpo, tome coraje y para redimir a la muerte apure el paso. Me agache y tome una piedra; la más grande que podía cargar. Escondiendo mi miedo tras las puertas, muros y buzones de correo, llegue a estar tan cerca de él que podía oler como su miseria oscurecía la luz de los faroles de la calle. Se me helo la sangre, el sudor corría por mi cara enfurecida y las manos me temblaban. Salte sobre su espalda y resbalo en el piso de algodón. Sus ojos estupefactos perforaron mis venas y sin darle tiempo a reaccionar aplaste su cabeza sobre la piedra tantas veces que el aire se tiño de rojo.

Tome su arma y todo lo que me sirviera para defenderme. Nunca se sabe. Ni su ropa, ni su abrigo me servían, solo las botas.

Mientras me alejaba, la ira se desprendía de mí, perdiéndose tras la vergüenza de no haber reaccionado antes y salvar a esa mujer y su pequeño hijo.

A pocos pasos, mi pena me arrodillo y con mis manos en mi rostro, me desangre en lágrimas. Llore tanta ira contenida y abatido por lo que había hecho, me pregunte… si era yo el que había matado o la bestia que todos tenemos dentro.

Si esto es en lo que uno se transforma a causa de una guerra, prefiero morir. Si el tiempo que dure este enfrentamiento voy a ser dos personas, que me maten ahora mismo, y pagar estos pecados de preservación como en la jungla —seguía martirizándose—.

Encogido en el piso helado, se hizo pequeño mi corazón perdido. Comencé a pegarme en la cabeza, sin comprender lo sucedido. Hablaba en voz alta como si mi madre estuviera presente, y caminando mis pasos en reversa me perdí entre la niebla, la nieve; y en una esquina, la muerte me aconsejo una mejor suerte. Entre nosotros… no hay secretos.

Marcus Teller, 1 de septiembre de 1939. Día 1.

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