Obsesión

Actualizado: 21 mar 2022
¿Qué diferencia existe entre las rejas de una cárcel y las de un manicomio? ¿Acaso son sinónimos? o tal vez su semejanza radica en el encierro y el cuidado de quienes son potenciales riesgos para la sociedad sobre aquellos que transitan a diario las calles de la ciudad.
¿Dónde está la línea que divide la cordura de la locura? ¿Es tal vez social? Seguramente encontraran que esa línea la cruzamos a diario sin estar encerrados, ni medicados bajo supervisación médica.
Eso que ven, soy yo cayendo desde un puente, suicidándome, quitándome la vida, arrojando mis miserias a un rio que con sus fauces me tragará hasta lo más hondo, me quitara mi único halito y dejara mis ojos más abiertos que de costumbre. Porque cuando caes en caída libre, el peso muerto del cuerpo, es como una bala de cañón y el impacto con el agua es igual al choque de una piedra con la tierra.
Así que, el simple hecho de suicidarme, me lleva a pensar si estoy preparado para el impacto final; morir ahogado en segunda instancia, o el impacto directo con el agua en primera instancia. Tuve varios intentos fallidos y creo que ésta, es mi mejor y más rápida opción.
— ¿Sabés en que nos diferenciamos?
En que yo asumo mi condición y peleo internamente con mis miedos, y tú tienes miedo y no haces nada para enfrentarlos.
Por esa sencilla razón hallo en el suicidio la única manera, tal vez, de enfrentarme a mis miedos, y como me da pavor verles la cara, me quito la vida. Pero eso, es otra parte de esta historia.
Intentare dentro de mi locura detallarles algo escalofriantemente triste, para que sientan lo que a una persona con mis características psíquicas ordenadas de otra manera, puede llevar a cabo.
Todo comenzó cuando mi esposa falleció de una enfermedad terminal, de esas que hay cura pero es mejor que no sepa, entonces los humanos mueren sin piedad porque es más rentable gastar dinero en remedios de farmacéuticas por años, mientras el cuerpo alarga tu vida, a que te cures y sigas con tu vida y mueras por cualquier causa, menos por tu vieja enfermedad.
Como les contaba, éramos todo, nos teníamos el uno al otro y al morir me quede sólo; literalmente solo. No tengo familia y los amigos han mostrado ser en las buenas ¡Tú me entiendes!
Pasaron ocho meses desde que Josephine, mi esposa, dejo su alma y llevó su cuerpo a un lugar con sol y algunas nieblas matinales. Sé que es así, porque ella en sus últimos días viajo al cielo un instante y vio como era; allá le dijeron que no era su hora, que volviera, aún tenía cosas que atender en la tierra.
Hoy la recuerdo con dolor y no logro recuperarme.
La vida sin ella es intolerable, y la soledad no es mi mejor compañera, ni amiga. Llevo un año sin poder encontrar el modo de vivir y rehacer mi vida. Camino sin rumbo cada día buscando un lugar alejado de las personas. Estoy pensando seriamente en sentir el sol y caminar entre la niebla. Aun no lo decido, pero me tienta la idea de estar a su lado por la eternidad. Si eso no es amor, entonces ¿qué?
Los años que siguieron no mejoraron en absoluto. La ciudad siempre estaba triste, gris, lloraba por las alcantarillas y los árboles me miraban y susurraban entre ellos de mi mal aspecto, la ropa, mi barba, el cabello enmarañado. El viento me silbaba al oído canciones y con furia quería arrancar de mi mejilla una lágrima que ella me había regalado.
Allí estaba, inmóvil, pegada a mi piel, un reflejo de su recuerdo cada vez más efímero, como un beso mortal que te desgarra en cámara lenta. A veces la escucho, entre el corazón y mi mano vacía, dándome consejos. Otras, oigo voces que piden mi cuerpo a cambio de una vida mejor.
— ¡Déjenme solo por favor! –grito desesperado, y caigo de rodillas al vacío que no logra sustentarme, cobijarme y levantarme.
— ¡No quiero vivir más! ¡Pueden entenderlo! ¡Déjenme solo! ¡Salgan de mi cabezaaa!
Desesperado en querer ahuyentarlas me arranqué los pelos, creyendo se irían.
— ¡Malditas voces! Al mirar mis manos ensangrentadas de blanco pelo, comprendí que seguirían a mi lado, a pesar de mis intentos fallidos. No me iban a dejar tranquilo hasta que les hiciera caso.
No sé si ellas son las causales de mi desgracia, o soy plenamente culpable de mis actos. Dejé hace tiempo de pensar, de tener un plan de vida, y aunque intenté cambiar el rumbo, la meta siempre terminaba en el mismo punto; el suicidio.
Hoy me levante temprano, como cada día, de los últimos ocho años de mi vida, donde la mentira la tenía tan incrustada en mi piel, que no lograba vislumbrar la verdad. Me desconozco, y la imagen que el espejo del comedor me devuelve cada mañana es un pálido reflejo de mi soledad.
Caminé deambulando por la rambla con la mirada extraviada y derrotada, mientras reparaba en la gente a mí alrededor, me miraban absortos y culpables. Como si leyeran en las líneas de mi cuerpo mi fatal e inminente destino. Me abrí paso entre la espesura de sus vidas rutinarias y mientras mi espalda los miraba de reojo, ellos olían el miedo a vivir. Intente apresurar a mis pies pero su quietud me dejo atorado entre dos mundos que venían peleando una batalla que ninguno ganaría.
Llegué hasta Vivekanda Setu, un puente atirantado sobre el Río Hugli en Calcuta, al este de la India. Sabía que era mi última visita, así que decidí apreciar el lugar, los edificios, los árboles, aves, ancianos, parejas felices; todo un panorama lejano, más allá de mi entendimiento. Las personas que se cruzaban y hasta rozaban mi humanidad, les dediqué una dulce sonrisa, para mi sorpresa muchos devolvieron el gesto con gentileza, unos pocos apoyaron su mano en mi hombro en señal de agradecimiento y con una doble palmada desaparecieron de mi vista. Cuando me quise dar cuenta, mis pies temblaban de miedo; habían llegado a un lugar que por años escapaban.
La sombra del viento me empujó y supe que era la hora, sus manos me elevaron a una pared blanca, un trueno repicó como un dragón y mi cuerpo tembló de horror. Mis ojos buscaron y encontraron a la soledad misma parada a mí derecha, esperando desde allí tener una vista privilegiada del evento que iba a ocurrir.
Mi alma insatisfecha con el desenlace de los acontecimientos, abandono mi cuerpo, y miraba de reojo a la soledad que se relamía de placer, de lado opuesto. Cerré mis ojos, alcé mis brazos y como cristo crucificado me lance al vacío. Mientras caía escuche gritos desesperados de hombres, mujeres y algún que otro niño. El viento laceraba mi rostro que había entrado en las tinieblas del más allá, sin retorno. Sentí que me faltaba el aire. La ropa se agitaba hasta morir en un ruido sordo que acaparaba mi mente barrunta. La distancia que separaba el puente del agua parecía no terminar nunca, como si un agujero negro me tragara y volviera a escupirme del otro lado. El primer impacto no fue contra el agua helada, todo lo contrario, de uno de los bolsillos de mi saco se escapó una bola de acero, que acertadamente había atado como contrapeso para que me fuera más difícil retornar a la superficie si en el camino decidía que suicidarme no iba a cambiar nada.
Desafortunadamente era demasiado tarde para tomar esa decisión, cuando mi mente se puso en blanco y apareció mí amada Josephine frente mío, y con una sonrisa me dijo…
— ¡Aquí estoy amor mío esperándote!
Con esa imagen en mi mente, entre como piedra al agua. Una danza de burbujas creció a mi alrededor como la corteza del árbol, cercando mi cuerpo que se hundía adueñándose de una oscuridad que ya tenía a su alrededor color a silencio. Mientras mis brazos por instinto luchaban por tocar la superficie, mi cuerpo exhalaba el poco oxigeno que le quedaba. Entonces, allí en plena negrura, decidí que quería vivir que no era mí momento, mi día, pero el peso de mi cuerpo me hundía más y más a una boca que jamás me escupiría.
Previo al desmayo, comencé a convulsionar y en pocos segundos ya no vi nada más. El combate había terminado. Si tan solo alguien se hubiera puesto a charlar conmigo, tal vez desistía de esta locura, pero nadie lo vio venir. Los sorprendí a todos y a mí mismo, pensé que no tenía las agallas para ejecutarme.
Ahora que lo sintieron en carne propia, no sigan mi consejo, la vida es mucho mejor, aunque se sufra. Cuídense y valoren lo que tienen. Rodéense de buena gente y sean felices. Los amigos no siempre son lo que parecen, en las malas los puedes contar con una mano, a veces ni siquiera.
En la puerta de mi casa, deje una carta de despedida, por si alguien pasaba a dejarme sus condolencias en señal de respeto, de quien alguna vez fui. Gracias a todos por estar atentos y estar presentes en este momento decisivo de mi vida, en instantes estaré abrazando a Josephine; solo eso importa ahora.
Esta historia que han leído y escuchado tan atentamente, debo decirles, que es simplemente un sueño, que cada mañana no deja de atormentarme. Despierto atado de pies y manos en una camilla con mi ropa empapada pero de sudor, y lamentablemente vivo ésta realidad como si fuera la primera vez, cada maldito día.
Aquí ingresé por voluntad propia, quiere decir que si lo deseo puedo irme cuando me plazca, aunque me cueste aceptar mi condición de enfermo y mis tendencias suicidas.
Septiembre 25 de 1939, Hospital Psiquiátrico Grimhill, ciudad de Calcuta, -Bengala Occidental, India-. Afuera… el mundo seguirá girando sin mí… y yo aquí... sin poder contemplarlo.
Fahim Masalkar Bachcham, cambio y fuera.
@Bastian.Sebill
Adrogué, Buenos Aires, Argentina.
Jueves 19 de diciembre de 2019
16:11
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