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La luna de los deseos

Foto del escritor: Bastian Sebill
Bastian Sebill
18 ago 2020
6 min de lectura

Actualizado: 22 mar 2022

Enero de 2012, playa San Carmelo, Uruguay.

Había sido un buen verano, jugábamos en el agua, reíamos, hacíamos castillos de arena, y allí estábamos sentados en el jardín mirando el mar, cuando Lucía –mi hija– extendió su mano hacia el cielo y preguntó.

— Papi ¿De qué está hecha la luna que nunca deja de brillar?

Acostumbrado a semejantes preguntas respondí.

— La luna, mi amor, es nuestra amiga estelar. Sin ella, muchas cosas no serían posibles.

— ¿Ah sí? ¿Cuáles?

— Nos dice cuando es mejor plantar, sembrar. Su luz, al igual que la del sol contribuye a que las plantas crezcan más o menos según el momento en que la siembres.

— ¿Entiendes?

— Sí. Una vez me explicaste sobre la fuerza de gravedad de los planetas y la luna, por eso existen las mareas altas y bajas.

— ¡Muy bien! Eso fue hace mucho Lu.

¡Qué bueno que lo recuerdes!

— Todo lo que me interesa me queda acá dentro –señalando su cabecita–.

— Así debe ser siempre.

Se ha dicho por años que su brillo se debe a que refleja la luz del sol que le llega de muuuy lejos, pero entre nosotros, es mentira. –susurré.

Yo sé la verdad y te voy a contar algo que nadie sabe.

— Espera que me pongo cómoda. Me encanta cuando me enseñas Papi, sobre todo si la respuesta la sabemos sólo los dos. –rió sutilmente.

— Eso es lo más lindo ¿No te parece?

— Si

— ¿Puedo seguir?

— Si, dale.

— La luna no tiene luz propia, su brillo se lo dan millones, millones de estrellas del tamaño de tu mano que son atraídas por su gravedad.

Lucía miraba con atención y asentía con cada explicación. Ya no estaba recostada en la reposera, se había sentado estilo indio en la arena, y ambos brazos apoyados en sus piernas sostenían su cabeza. Su cabello estaba enroscado, apoyado sobre su hombro derecho, su mirada perdida contemplaba más allá del horizonte donde las palabras y pensamientos se perdían en un gran acantilado.

La tarde se había teñido de una brisa marina que sacudía nuestros cabellos y el viento nos rozaba el rostro con una suavidad que nos hacía cosquillas.

De pronto se paró y exclamó en tono de asombro.

— ¡Miraaa! Está saliendo ahora.

— Escucho tu voz y supo que hablabas de ella, por eso salió. Cuando suelte sus manos del agua, la vamos a saludar.

— ¿Para qué?

— Para que sepa que estamos acá, para agradecerle su luz cada noche, y por dejarme contarte su verdad.

El silencio se escuchaba en las olas, el viento y la luna, que agradecida cerraba otro crepúsculo más, como quien despierta cada día feliz de estar vivo. Lucía sonreía y en su rostro veía un reflejo ocre que se desvanecía en la rompiente cuando la arena lo devoraba.

— Sabías que esas no son estrellas ordinarias.

— ¿Ah no?

— Para nada. Su brillo proviene… escucha con atención, esta parte es la que más me gusta contar…

El asombro expresado en sus ojos, en sus manos nerviosas ávidas de conocimiento, explotaba. Me miro con atención como si fuera a decir una verdad absoluta y esperada desde tiempos inmemorables, en su niñez.

— El brillo… es un deseo que alguien lanzo al viento en alguna parte del mundo y aún, no fue concedido.

— ¡Guaaau! ¡Impresionante!

Lo dijo con tal asombro, que sus ojos pardos habían crecido de tamaño por un instante. Enormes como soles y abiertos a un mundo ignorado, que se le descubría a cada paso.

Se levantó de un salto, me tomó de la mano y tirando fuerte me incorporé. Caminamos hasta la orilla, donde la espuma salada y el aire marino jugaban con nuestros pies. Apenas tocamos el mar, hizo una reverencia y su mirada me hizo cómplice del momento.

Saludamos a la dama blanca que nos tenía eclipsados, mano a la cintura y un quiebre hacia adelante, como si las olas fueran el público y nosotros títeres terminando la función.

Ante el aplauso de los presentes involucrados retrocedimos unos metros y nos sentamos nuevamente sobre la fría arena blanca a seguir disfrutando del espectáculo. Lucia me miraba esperando que terminara la explicación y yo había quedado sin palabras ante su gesto.

— Entonces… podría pedir un deseo y una estrella iría volando hasta la luna, y hasta que no se me conceda, su luz brillará en ella junto a otras millones de estrellas. Por eso vemos su luz.

— ¡Exacto! Mejor no podrías haberlo expresado. Una vez que tu deseo se concede, esa estrella muere en cierta forma, perdiendo su luz para siempre.

— ¿Por qué vemos en diferentes momentos la luna iluminada en parte?

— Eso es porque las luces de todas las estrellas se ponen una al lado de la otra; las que se han apagado hacen lo mismo. Se agrupan. A eso llamamos faces de la luna: nueva, creciente, llena y menguante.

— ¿Te das cuenta como se relaciona todo? Los deseos se renuevan invariablemente, segundo a segundo. Estrellas que brillan con toda su intensidad, mientras otras cumpliendo su mandato se apagan. Somos millones de personas en el mundo deseando. Hay deseos desde que el mundo es mundo, por eso jamás dejará de sorprendernos con su luz.

Fue un momento extraño. De pronto el mar dejo de hacer ruido, el viento de soplar y la brisa con su típico aroma enmudeció. Éramos los dos en toda esa inmensidad, solos. Tome de la mano a Lucía y podía sentir su emoción a través de su piel. Sus pequeños dedos aferraron los míos, que en el silencio de la noche, se acompañaron.

— ¿Y la luna nueva? ¿Por qué no se la ve?

— Estaba esperando que preguntaras esa parte. La luna se oculta por siete días y medio lejos de todo y de todos, para cargar su luz con deseos nuevos, y el último día hace su entrada triunfal más brillante, intensa, más blanca que nunca, como una serpiente cuando muta la piel.

Niños, hombres, mujeres, ancianos y hasta los animales hacen su pedido y la luna se los devuelve de esa manera.

— ¿Los perros también?

— Claro. Cuando la luna esta es su fase llena, perros y sobre todo los lobos buscan un lugar bien alto y cuando están listos aúllan muy fuerte. Mientras más fuerte sea su aullido más rápido llegara su estrella a la luna. De ahí nace la explicación de lobos aullando en luna llena.

— Esta es la historia real, de cómo tu amiga obtiene su luz, y nosotros, nuestro deseo. No se lo digas a nadie. Debemos guardar muy bien este secreto. Sólo lo sabemos nosotros.

En ese momento comprendí que me había transformado en la persona más importante para mi hija. Le había dado un motivo enorme para creer en cosas que muchos toman a la ligera. Verla tan feliz me hizo entender cuán importante son los hijos, sin importan su edad. La maravilla del asombro puede tocar hasta al más ateo.

— ¿Quién te contó esta historia Papi?

— La luna me la contó en un sueño cuando niño, mientras acampábamos con tus abuelos sobre un remanso del lago Nipal-Hué.

Si la luna lo dice, es verdad, nunca dudes de ella.

— ¿A mamá se lo podemos contar?

— Desde ya. Con ella no hay secretos. Sólo se trasfiere a aquellos que creen en la magia, a personas como nosotros… que creemos lo que decimos, porque antes lo internalizamos.

Cuando la noche estaba muy elevada, y la luna nadaba en un mar de estrellas; allí mismo, Lucia Rigantti de siete años, se incorporó, recorrió la corta distancia que la separaba de la orilla, cuando sus pies desaparecieron en la espuma del mar, elevó ambas manos al cielo y pidió un deseo.

Sus palmas se iluminaron de un ocre intenso y de su rostro sorprendido se descolgó una lágrima que fue a posarse sobre su estrella de pura blancura, haciendo un destello de claridad al solo contacto.

Fugazmente tomo vuelo, dejando una estela en su camino que desapareció al posarse sobre la cara feliz de la luna, esa que todos veíamos de niños.

En silencio y desbordada de emoción camino en el mar hasta ocultar sus rodillas, como queriendo llegar más cerca de ella y tocarla, aunque sea una vez.

Volvió tras sus pasos con el ruedo del vestido empapado de sal y mar, se acercó, me sonrió con sus ojos, dio media vuelta y con una reverencia se despidió de la luna, que misteriosamente por un segundo, brilló más que nunca; señal que su deseo había sido aceptado junto al de muchos otros.

Tal vez, una lagrima surco mi mejilla de padre, sintiendo un enorme orgullo por esa niña que aún, a mis 37 años, podía seguir enseñándome, fue entonces cuando ambas se conectaron en la inmensidad y se regalaron algo.

Lucía… un último beso, y la luna… una fantástica e inolvidable mágica noche.

@Bastian.Sebill

Adrogué, Buenos Aires, Argentina.

Sábado 7 de septiembre de 2019.

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